El valor de la palabra

El valor de la palabra

Nelly Schmalko compró en 1978 el departamento donde vivían la madre y la hermana de Cortázar, en el barrio Rawson, cerca de la Facultad de Agronomía. En diálogo con adncultura , recordó los entretelones de esa operación inmobiliaria que la llevó a entablar amistad con María Herminia Descotte y su hija Memé.

“Por aquella época yo vivía en el centro y buscaba un lugar más amplio para mudarme con mi marido y dos hijos pequeños. Recorrimos Agronomía y vimos un cartel de venta enfrente de una plaza con un jacarandá en flor que llegaba hasta la ventana del departamento. Nos encantó. Era domingo y al otro día volvimos con alguien de la inmobiliaria. Cuando esta persona toca el timbre, escucho que dice: ´Señora Cortázar’. Me sorprendí. Se abrió la puerta y nos atendió una mujer idéntica al escritor. Era su hermana, Memé. Adentro había libros y retratos del escritor. Le dije a la madre que era lectora y admiradora de la obra de Julio. Ella se alegró de que quien estaba interesada en comprar supiera quién era su hijo”.

La venta quedó arreglada ese mismo día, pero surgió un inconveniente: el autor de Bestiario , también dueño de la propiedad, vivía en Europa y no podía volver al país. Nombraron un apoderado, pero pasaron siete meses hasta que la venta se pudo concretar. Mientras tanto, el precio de los inmuebles había aumentado. Doña Herminia, que necesitaba mudarse porque el edificio de Artigas 3246 no tenía ascensor y ella ya no podía subir las escaleras, se vio obligada a ajustar el valor convenido para poder comprar donde había señado. “Creí que iba a perder todo, ya que yo no tenía posibilidad alguna de conseguir más dinero -continúa Nelly-. Al poco tiempo Cortázar envió una carta en la que decía que él iba a pagar la diferencia a la madre para que me pudieran mantener el precio. Él me había dado su palabra y eso tenía un enorme valor.”

Cuando se mudaron a Villa del Parque, las mujeres Cortázar dejaron en Artigas 3246 una antigua biblioteca de madera, que había pertenecido a Julio, y un sillón de mimbre. En el mueble con puertas de vidrio, donde desde entonces Nelly guarda sus libros, no falta un ejemplar de

Rayuela 

. El sillón, se lamenta la docente, que da clases en la carrera de Economía Social y Solidaria de la Universidad Nacional de Quilmes, se perdió en la mudanza de una amiga, a quien se lo había prestado por un tiempo.

Muchos años después de que Schmalko y su familia se instalaran en el edificio, el gobierno porteño colocó una placa para recordar a Cortázar. La mujer tuvo que acostumbrarse a recibir llamados de periodistas, estudiantes y curiosos, que pretenden conocer la casa por dentro. A veces lo permite, como cuando un joven sueco con novia española a punto de terminar una tesis sobre la obra de Cortázar le pidió permiso para sorprender a la chica con una visita privada al departamento. Nelly accedió y los esperó con vino y unos quesos. Eso sí, aclara ella, no prosperaron las propuestas comerciales que recibió en varias oportunidades. Una de ellas: cobrar en dólares a turistas para cenar en el mismo ambiente donde comía el escritor cuando volvía de dar clases en pueblos del interior.

Hasta 1984, año de la muerte de Cortázar, la socióloga visitaba una vez por semana a la madre y la hermana. Les llevaba la correspondencia, tomaban té, charlaban. Una sola vez se cruzó con el escritor. Fue en 1983, cuando él volvió al país luego de su exilio europeo. “Me lo presentaron e intercambiamos algunas palabras -rememora-. Me preguntó por el barrio y por la casa.”

Unos primos del autor, que vivían en Lobos y viajaban a Buenos Aires en las vacaciones, le contaron que cuando eran chicos se sentaban en círculo alrededor del primo mayor para que les leyera cuentos de su biblioteca. También, que el joven Julio tenía que subir a la azotea para tocar la trompeta y evitar, así, las quejas de los vecinos.

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