César Tiempo, poeta bendito

 

fEra inmenso, con esa sencillez y naturalidad que tienen las inmensidades. Cualquiera fuese el rostro que tomara su talento –centenares de poemas, seis, siete volúmenes de reportajes reales o imaginarios, una decena de obras teatrales, medio centenar de guiones cinematográficos, un millar de notas dispersas por los diarios del mundo- cualquiera fuese el rostro que asumiera su palabra, todo estaba impregnado por el enorme poeta que era, poeta luminoso, enamorado, bendecido de humor y sabiduría. A quienes lo conocimos de cerca, sin embargo, los volúmenes que reúnen su obra –textos hondos, conmovedores, de vuelo más que suficiente para asegurarle la inmortalidad a cualquiera- nos parecen apenas el producto menor del César Tiempo persona y personaje, de ese que se desplegaba en la conversación íntima, caudalosa, chispeante.

Con su sonrisa abierta e inteligente y esa mirada suya entre irónica y divertida detrás de gruesos anteojos, lo estoy viendo todavía en su cuarto de trabajo, allá en la calle Tinogasta1 donde vivía, un tercer piso sin ascensor de un monoblock rodeado de jardines. Allí estaba, en esa espaciosa sala, de unos cinco por diez metros, rodeado de libros que cubrían las cuatro paredes de piso a techo  -un techo de los viejos, a tres metros de altura- con libros y papeles ocupando también una gran mesa plantada en un extremo de la habitación, y libros cubriendo las sillas, los sillones, incluso su escritorio, dejando lugar apenas para su viejo “pianito de escribir”. Sólo se abrían paso entre los libros las dos grandes ventanas que daban al jardín y el trozo de muro, frente al escritorio, donde colgaba ese gran retrato, César Tiempo en el barrio judío, pintado por Manuel Eichelbaum allá por el año ‘30. Yo era un aprendiz de poeta que venía a traerle al maestro sus primeros versos. Quitó los libros del sillón para que me sentara, me sonrió, leyó mis papeles, me palmeó la espalda y me hizo dejarle uno de los poemas que vio la luz una semana más tarde en su página sabática de Amanecer, el entonces recién aparecido “primer diario judío en lengua española”.

A partir de entonces volví muchas veces a esa casa, al principio para traerle mis textos, pero muy pronto fueron apenas la excusa para visitar a César Tiempo y conversar con él, es decir, escucharlo. Era un espectáculo fascinante, inolvidable: con voz gruesa, modulada y caudalosa, juzgaba sumariamente a todos los integrantes del mundo literario, tenía decenas de anécdotas sobre cada uno y a cada uno le descubría, de paso, un origen judío. Disparaba sus bromas, sus juegos de palabras y se quedaba esperando, con mirada divertida, su efecto. Y cuando uno soltaba la carcajada, se le iluminaba ese singular rostro suyo, “de rasgos amontonados” según Baldomero Fernández Moreno (“rastrillado atrás el pelo / grueso el labio / fino el verso”)2  y toda la cara le sonreía, con una picardía desprovista de maldad.

Desde esos primeros encuentros con César Tiempo pasaron cuarenta años, y hace ya más de quince que no está entre nosotros. ¿Cómo condensarlo en un libro? ¿Cómo compartirlo con quienes no tuvieron la dicha de conocerlo personalmente? A sabiendas que se trata de una tarea imposible, estas páginas intentan ofrecer una aproximación a su obra mediante una selección de sus poemas y textos en prosa, brindando asimismo un conjunto de testimonios e imágenes que permitan vislumbrar al menos, cómo era el hombre César Tiempo. Toda antología es subjetiva y limitada y ésta no constituye una excepción. Pero se trata de una primera aproximación, sin pretensiones eruditas, a una parte del riquísimo acervo literario y periodístico de un singular poeta, que vivió y cantó el espíritu sabático a la ciudad de Buenos Aires.  (…)

De Estudio introductorio a “Buenos Aires esquina Sábado”, antología de César Tiempo, compuesta y anotada por Eliahu Toker, editada por Archivo General de la Nación en Buenos Aires, 1997.

1 Tinogasta 2426
2 Del “Romance a César Tiempo” de Fernández Moreno, reproducido en Sábado Pleno de CT, pp. 13/16.__ Eliahu Toker – César Tiempo__


 

 

BIOGRAFÍA DE CÉSAR TIEMPO

Con el nombre de Israel Zeitlin nació en la ciudad ucraniana de Ekaterinoslav pero cumplió su primer año de vida en Buenos Aires. En 1924 obtuvo la ciudadanía argentina. Formó parte del Grupo de Boedo. Fue cofundador de la editorial argentino-uruguaya Sociedad Amigos del Libro. En 1930 obtuvo el Premio Municipal de Poesía. En 1937 fundó y dirigió la revista «Columna» y recibió el Premio Nacional de Teatro. En 1945 ganó el Premio Municipal al Mejor Libro Cinematográfico. Entre 1952 y 1955 fue director del suplemento literario del diario La Prensa, en 1957 de la página literaria del diario «Amanecer». Entre 1973 y 1975 se desempeñó como director del Teatro Nacional Cervantes. En 1978 mereció el Premio Sixto Pondal Ríos.
Entre sus obras teatrales destacan Pan criollo y El lustrador de manzanas. Eliahu Toker dijo: «Uno de los momentos más altos y significativos de la palabra poética de César Tiempo es su Arenga en la muerte de Jaim Najman Biálik […] Tiempo se identifica con Biálik: ¡Cuidado con los poetas/ cuyos puños golpean sobre las mesas de los verdugos!, dice dirigiéndose sin duda también a los nazis locales. Y a la judería porteña, a la que reprocha su indiferencia pequeñoburguesa. Y se burla de ellos amargamente.[…] La condición judía y porteña de Tiempo empapa todas sus páginas».

 


 

 

 

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